sábado, 28 de marzo de 2015

Flavio Aecio, el último romano

                Teodosio el Grande es recordado como el emperador que decidió convertir el cristianismo católico en la religión oficial del Imperio mediante el Edicto de Tesalónica, pero también por ser el último de los emperadores romanos que pudo gobernar aquel inmenso estado en su totalidad. A su muerte la división entre el Imperio Romano de Occidente y el Imperio Romano de Oriente será definitiva. Sus hijos Honorio y Arcadio heredarán la titularidad imperial por separado, heredando el primero Occidente y quedando para su hermano el lado de Oriente. Corría el año 395 d.C., y mientras Constantinopla conseguirá sobrevivir otro milenio, en menos de un siglo Roma verá su fin.

El siglo V no hará sino recrudecer los síntomas que delataban la debilidad que venía sufriendo el Imperio en su totalidad, aunque ésta afectó de manera especialmente acuciante a Occidente. Aún hoy permanece muy vivo entre los historiadores el debate sobre las causas que propiciaron la caída de la Ciudad Eterna, más nuestra intención no es entrar en tal discusión por el momento. Sencillamente deseamos que el lector entienda que los motivos, tanto exógenos como endógenos, eran muchos y variados: corrupción de las instituciones, precariedad económica, debilidad militar, presión en las fronteras, etc. Exponer la compleja situación por la que pasaba el Imperio podría llenar una estantería, de modo que vamos a limitarnos a presentar a quién fue uno de sus últimos protagonistas: Flavio Aecio, el último gran general de Roma.

Migración de los pueblos "bárbaros"


Flavio Aecio nació en Durostorum (actual Silistra, Bulgaria) en el año 391. Su padre, Flavio Gaudencio, ejerció un importante cargo militar dentro del Imperio, concretamente como magister equitum (jefe de caballería) en la Galia. Por otra parte sabemos que el linaje de su madre Aurelia se remontaba a una importante familia senatorial. Ambos factores fueron determinantes en su infancia, puesto que fue escogido para vivir como rehén entre los hunos, sirviendo de garantía para un pacto establecido entre éste pueblo y el emperador Honorio en el contexto de lucha contra otros bárbaros.

Debemos entender que los pactos y negociaciones entre el Imperio  y los distintos pueblos germánicos o esteparios fueron  entonces tan comunes como lo era también el enfrentamiento armado. El limes (límite o frontera en latín) del Imperio era durante este periodo un frente de enorme inestabilidad, y los ejércitos romanos eran incapaces de contener a los numerosos pueblos que cruzaban hacia el interior del Imperio: vándalos, alanos, francos, alamanes, visigodos, ostrogodos, burgundios, sármatas, suevos, etc. Por este motivo muchos de ellos acabaron como foederati de Roma o Constantinopla, es decir, se les permitió vivir en territorio romano y obtener alimentos o dinero a cambio de combatir junto a las legiones contra otros pueblos invasores.

Aquella estancia de casi 10 años entre los hunos sirvió a Aecio para ser un gran conocedor de su cultura y sus tácticas. Se convirtió en una pieza clave en las labores diplomáticas con ellos gracias a los contactos que pudo forjar durante su juventud. Precisamente por esto se le ordenó tomar el mando de un ejército de mercenarios hunos que debía luchar por el emperador Juan (423-425 d.C.), quién fue escogido por el ejército para sustituir a Honorio tras su muerte, y que se enfrentaba a el emperador de Oriente Teodosio II, en una serie de guerras civiles entre las dos mitades del Imperio. Aecio no pudo llegar a tiempo a Italia para salvar a Juan, pero las negociaciones con el nuevo emperador de Occidente Valentiniano III le abrieron un nuevo horizonte. A cambio de retirar sus tropas hunas de suelo itálico recibió el título de magister militum (jefe del ejército) en la Galia. Fue allí, gracias al uso de sus tropas hunas, donde Aecio consiguió afianzar su poder militar y político.

En el año 429 Aecio regresó a Italia para asumir un mando militar de mayor categoría. Al año siguiente organizó un complot para asesinar a Félix, su superior, consiguiendo ocupar su puesto con éxito. Poco después conseguirá eliminar a Bonifacio, magister militum de África y principal opositor en su escalada al mando supremo. Para el año 433 había derrotado a todos sus rivales y logró hacerse con el poder militar absoluto en todo Occidente. A partir de este momento consiguió mantener a raya a la mayoría de los pueblos bárbaros que campaban a sus anchas por el Imperio. Enfrentándose con mayor o menor éxito a los burgundios, alanos, francos y visigodos que asediaban la Galia, gracias a lo cual, la región pudo gozar de un periodo de relativa paz y estabilidad que durará hasta el año 451.

Atila, el mayor caudillo de los hunos, conocido en Occidente como El Azote de Dios, emprendió la ofensiva contra el Imperio a comienzos de aquel año. A su horda esteparia se sumaron contingentes de pueblos aliados como fueron los ostrogodos o los gépidos que vivían en los inmensos dominios de los hunos. Su ejército cruzó el Rin, arrasando la ciudad de Metz a su paso, tras lo cual utilizó las calzadas romanas para internarse aún más en aquel territorio. Tras su estela sólo quedaba desolación. Antes de llegar a Orleáns, puerta a la Aquitania de los Visigodos, había arrasado grandes asentamientos como eran Estrasbrugo, Colonia, Reims o Amiens.

Saqueo de una villa galorromana por parte de los hunos
Aecio, ante el peligro que se cernía sobre el Imperio, y viendo que los visigodos no habían podido o querido detener a los hunos en la Galia, decidió tomar cartas en el asunto. Para enfrentarse a Atila reunió un ejército imperial al que se sumaron tropas de francos, sajones, alanos y burgundios, los cuales a pesar de haberse enfrentado a Roma en el pasado, preferían a ésta que a Atila y sus hunos. Además de crear este ejército, Aecio convenció con éxito al rey visigodo Teodorico I de formar una alianza, sumando las fuerzas visigodas al heterogéneo ejército romano.

Las tropas de Aecio y Atila se encontraron cuando éste último estaba a punto de conquistar Orleáns. Atila ordenó la retirada, cruzó el río Sena y esperó para plantar cara a Roma y sus aliados en una gran llanura próxima al río, sin duda un terreno más que adecuado para sus grandes contingentes de caballería. Aquel fue el lugar donde se libró la batalla de los Campos Cataláunicos. El lugar donde se frenaron las ambiciones de Atila, Rey de los hunos.

Si bien no hubo un claro vencedor en el campo de batalla, los Campos Cataláunicos se consideran una victoria romana. Se trató de una batalla decisiva para la historia de Occidente, puesto que se logró el repliegue de los hunos, evitando la caída de la Galia y quién sabe si de gran parte del Imperio. Si Aecio hubiera sido derrotado, los hunos se habrían convertido en un poder indiscutible y dada su naturaleza esteparia, pagana y belicosa, es probable que gran parte de la herencia clásica que sobrevivió al Imperio se hubiera perdido entonces.

La batalla de los Campos Cataláunicos consiguió encumbrar a Aecio ante los ojos de Roma, pero al mismo tiempo acabó por ser su condena. El emperador Valentiniano III, temeroso de la creciente popularidad de su general, pensó que Aecio querría el trono para sí mismo. Fue en su palacio donde decidió acabar con sus temores atravesando con una espada la espada de su general. Allí, a los pies del emperador, Flavio Aecio, el salvador de Roma, murió desangrado.

2 comentarios:

  1. Muy buena info. Me intriga mucho la historia antigua, y aecio siempre me parecio un personaje espectacular.

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